febrero 10, 2016

CUANDO NUESTRO DIRECTOR NO HABLA DE FUTSAL

A Pablo Wildau ahora también se le da por escribir otras cosas, más allá de lo que sucede en nuestra actividad. Y como es el director, no nos queda alternativa que publicárselas... 

ANTES DE VORTERIX, ACÁ HUBO KONGA

 El cine-teatro Argos hizo época en Buenos Aires. Entre los de más prestigio de la ciudad, siempre se lo supo identificar con una esquina concreta: Federico Lacroze y Alvarez Thomas. Durante décadas fue un símbolo de Colegiales. Pero un día bajó la persiana. Sucedió a mediados de los 80. Desde hace algunos años, allí se hizo fuerte el Teatro Vorterix, con Mario Pergolini como principal impulsor, quien más allá de usarlo para recitales, eventos y su propia emisora radial, se comprometió a respetar la estructura arquitectónica original. Entre Vorterix y el viejo Argos, no obstante, hubo un cúmulo de emprendimientos bolicheros. La suerte que corrieron, fue diversa. Por allí  pasaron discotecas como Le Theatre, Bassinger, The Roxy… y hasta una con características bailanteras como Konga.
La década del Noventa promediaba y hacia ese lugar nos dirigimos con mi primo Rolfi.  El, nacido en Coghlan, en la adolescencia se mudó con su familia a Superí y Elcano. Lo compinches que habíamos sido de más chicos, sufrió un breve paréntesis pero en nuestra juventud, ya con domicilios más cercanos, retomamos contacto. Con Rolfi (apelativo cariñoso derivado de Rodolfo), un año y medio menor que yo y solteros los dos, las salidas nocturnas proliferaron, con un claro objetivo: conseguir chicas.
Con suerte mayormente esquiva en tal sentido, con tenaz insistencia solíamos transitar algunos boliches y/o pubs, generalmente, sin alejarnos del ámbito capitalino. El circuito bailantero nos resultaba prácticamente desconocido, pero en esa época, la oferta que presentaba Konga no podíamos dejarla pasar de ninguna manera. La entrada, los viernes, costaba módicos dos pesos.  Eso, sumado a que podíamos llegar de a pie dada su cómoda ubicación, nos terminaba de convencer. Una entrada a un boliche “convencional” promedio, rondaba en esos tiempos los ocho o diez pesos. En síntesis, no había demasiado para deliberar.
Eso sí: si bien el costo de la entrada era muy tentador, la salida no garantizaba la conquista amorosa bajo ningún aspecto. Pero sí aseguraba un pronto retorno al hogar en tiempos en que desperdiciar horas de sueño así como así, era sinónimo de irremontable malhumor. Pero en lo personal eso no acontecía si lograba meterme en el sobre antes del amanecer.
Según mis cálculos, habrá sido en el 95, o 96 a lo sumo. Musicalmente hablando, la cumbia se entremezclaba con algunos temas populares, inclusive rock.  Por eso, tengo muy presente los acordes de Fassolita, de Los Piojos, que sonaban en pleno apogeo de la banda de Andrés Ciro Martínez y que varios hinchas de Excursionistas que se encontraban en el lugar, adaptaban el estribillo cambiando la letra original por una canción de cancha del club del Bajo Belgrano. También recuerdo la risa de Rolfi, cuando oyó por primera vez que tres o cuatro de esos hinchas, entonaban “vamo’ a quemar la cancha de Defensores/ a todos los Dragones vamo’ a matar…”
Las veces que habremos ido, podríamos contarlas con los dedos de una mano.  Personalmente, el baile nunca fue mi fuerte (Rolfi en cambio, se defendía mejor), y menos si lo que había que poner en práctica, eran pasos de cumbia. En cambio, la mayor parte de la concurrencia la tenía muy clara. Se movían como pez en el agua mientras yo me sentía sapo de otro pozo.
¿Mujeres? Mejor no hablar. Tengo un vago recuerdo de haber hecho una conquista en las gradas del piso superior en todo el período Konga. La chica, me dijo que era vecina del barrio. Jamás volví a verla. O si después lo hice, fue en otro contexto, ignorando lo sucedido aquella  noche.
Lamentablemente para Rolfi y para mí, lo mismo que para otros cultores de la filosofía  “desembolsar lo menos posible” –bah, ratones, ¿para qué andar con eufemismos?-  así como para numerosos  adeptos al género, que sí disfrutaban de la música y de su onda, el boliche no tuvo una larga vida. Mucho menos, la modalidad de colocar la entrada a precios tan populares.
Entonces, fue necesario cambiar de aires. Otros ámbitos, otros boliches, otras historias… La vida siguió transcurriendo. El paso del tiempo, implacable, fue llevándonos por otros rumbos. Igualmente hoy, veinte años más tarde, disfruto de la compañía de mi primo: somos vecinos “de verano”, pues ambos estamos en la costa, muy cerca uno del otro, con nuestras respectivas familias. Por eso, espero terminar estas líneas para alcanzárselas. Más flojito de memoria que yo, estoy convencido de que él no recuerda en absoluto los detalles que acabo de relatar. Sé que entonces, en el diálogo distendido de las vacaciones, de inmediato fluirán más anécdotas y vivencias. Y esas, son unas de las cosas que más se gozan.

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