LA VOZ DEL FUTSAL - ESTADÍSTICAS

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septiembre 16, 2017

Falleció Ricardo, el cafetero de la AFA

Ricardo Galván estaba por cumplir 88 años. Su hija Ana lo sucede en la tarea que cumplió durante 60...   

Conocía la zona de Tribunales como la palma de su mano. Todos los días -con excepción de que las inclemencias del tiempo se lo impidieran- transitaba esas arterias tan emparentadas con el mundillo judicial: Lavalle, Tucumán, Uruguay, Viamonte... Tenía clientes muy antiguos en los estudios de abogados y hasta en lugares tan pomposos como la Asociación del Fútbol Argentino.
Ricardo Galván era rosarino. A los 18 años, viajó en tren a Buenos Aires y ya no se movió de la Capital Federal. Había venido a probar suerte, a ver si conseguía un buen trabajo, a tratar de sacar en suelo porteño ese mango que en su ciudad, tenía la impresión de que no le alcanzaría.
Y parece que le fue bien nomás. Primero se las ingenió para ponerse un puesto de verdulero en la estación Retiro. Después consiguió trabajo en una cervecería. Pero cuando tenía 25 años perdió el empleo. En aquellos orígenes en nuestra ciudad, con lo que ganaba, alquilaba una pieza de hotel en La Boca. Más adelante, terminaría comprándose una casa en La Paternal, el barrio en el cual vivió hasta su partida.
¿Cómo lo hizo? Trabajando. Simplemente trabajando, en épocas donde hasta el laburante más humilde tenía esperanzas de pagarse su propio techo si no le escapaba al esfuerzo. Ricardo fue uno de esos: le fue bien, pero nadie le regaló nada.

Fueron años de patear y patear por calles y veredas, cargando termos en un changuito cuyas ruedas habrán atravesado esas baldosas tantas veces que ya no se podrían contar.
Al quedarse sin su empleo, vio una oportunidad que le cambiaría la vida: la venta ambulante de café. Un colega le sugirió que trabajara a comisión y así lo hizo. Se apersonó en un local de Tacuarí al 600 y le dieron los termos. Más adelante se independizó. Como el negocio era próspero, en un momento se pasó del otro lado del mostrador, siendo él quien le daba a otros cafeteros los elementos para salir al ruedo.
Sin embargo, nunca dejó el changuito por mucho tiempo. En una de sus tantas tardes por la zona de Tribunales, se reencontró con un viejo conocido: César Luis Menotti. Habían sido vecinos en Rosario. Las cosas habían cambiado para los dos. Ricardo dentro de todo le peleaba, pero al Flaco si que le había ido bárbaro. Aquel chico que prometía en las inferiores de su querido Central, hizo carrera y acababa de transformarse nada menos que en el técnico que llevó a la Selección Nacional a ganar su primer título mundial. Pese a que en aquellos meses de 1978, el Flaco estaba en la cresta de la ola, cuando reconoció  a su viejo vecino no le dio vuelta la cara. Rato después, ingresó al edificio de la AFA (Viamonte entre Talcahuano y Uruguay) y gracias a una gestión express, Ricardo pasó a ser el cafetero oficial de ese coloso de siete pisos donde todavía Julio Grondona no había llegado al sillón presidencial (lo haría un año más tarde).
En la Asociación consiguió más clientela. Su trabajo se incrementó y unos años más adelante, pudo comprarse la casita. Además, ya tenía dos hijas... Pero nunca olvidó sus clientes del barrio.
En efecto, el paso de las décadas lo encontró ligado al mismo modus operandi: la llegada al Centro en colectivo, el café, el té y el mate cocido recién preparado; los termos listos; la adquisición de las facturas a precio “de amigo” en una panadería de la zona... Y a caminar.
Más de 85 años tenía y seguía moviéndose con ponderable vitalidad. Sin embargo, un día la salud le dijo basta. La motricidad en la piernas empezó a fallar y los problemas respiratorios, lo condujeron a tener que soportar más de una internación.
Era momento de entregarle la posta a Ana, una de sus hijas. Con la anuencia de los clientes de su papá, ella se convirtió en la heredera.

Ricardo la acompañó en algunas recorridas mientras pudo, sobre todo para salir un poco de casa -no le gustaba quedarse en cama- y visitar a los amigos, porque a veces el café era la excusa ideal para prenderse en largas disquisiciones: el fútbol, la política, el país... Charlas que en definitiva, lo hacían sentir vivo.
La última internación, no consiguió superarla. A principio de septiembre, sus hijas recibieron un llamado del hospital, para comunicarles que se había descompuesto. Cuando llegaron, ya había fallecido. Se abrazaron y lloraron juntas. Enseguida llegó el nieto de Ricardo (sobrino de Ana). Ellos tres, eran toda su familia.
Cuando un par de semanas han transcurrido, Ana confiesa que sigue dolorida. Pero sabe que hay que seguir... Ahora con más razón, ya que los gastos del servicio fúnebre no estaban previstos y tampoco fueron baratos. Por eso, ella redobla esfuerzos para juntar el mango y devolver lo que manos solidarias no dudaron en prestar.
Hoy, como hacía su papá, si las circunstancias así lo permiten, Ana emprende cotidianamente el viaje desde La Paternal a Tribunales. Y en cada oficina, en cada negocio, espera que la pregunta que tímidamente susurra (“¿un cafecito, una factura?”) tenga una respuesta positiva.

julio 23, 2015

¡HAY CAFE, CAFEEEE...!


"¿Quiere tomar algo, señor? ¿Un cafecito, una factura?"
La voz suave de la señora se entromete cada viernes en la reunión de delegados de la AFA. Con un carrito que arrastra pesadamente por los pasillos del edificio de la calle Viamonte, es la encargada de acercar sus refrigerios por los pisos de toda la Asociación. El futsal no es la excepción, por lo tanto, todo aquel que alguna vez concurrió a comprar la pelota o a programar, sabe de qué se trata.
En realidad, la señora está apenas hace algunas semanas en esa función, ya que se encuentra reemplazando a su padre, Ricardo, a quien por problemas de salud la tarea se le ha vuelto cada vez más complicada. El sí que es una verdadera eminencia en esa materia, dado que sirve café desde... ¡la época de Menotti en la Selección!
El Flaco fue quien lo hizo ingresar, recomendándoselo a Julio Grondona. "A Menotti lo conozco de Rosario", solía contar Ricardo, un "canalla" incorregible. ´Más de 30 años, entonces, lleva cumpliendo esa labor que contribuye a engrosar aunque sea un poco, la jubilación mínima que percibe . Hoy, con más de 80 primaveras, debe obligadamente cederle la posta a una de sus hijas. "Mi papá no anda muy bien, le duelen mucho las rodillas, por la artrosis, vio...", explica ella, mientras de reojo observa si alguien levanta la mano para solicitar un cortado o un mate cocido. "Las últimas veces yo lo acompañé. Veníamos juntos. Pero después ya se fue haciendo cada vez más difícil, porque se caía. Yo tenía miedo que se cayera en la calle y nos pisara un auto. Así que ahora se queda en casa. No le gusta nada, pero no queda otra".
Don Ricardo vive en La PAternal. Desde allí, cada día llegaba a un local cercano a la AFA. Cargaba su changuito con termos y facturas, y emprendía su laboriosa ronda por el edificio, donde muchos empleados y dirigentes esperaban con ansias su arribo cada tarde, para mitigar el vacío estomacal producido en horas de la merienda. "Hace poco lo vio un doctor de acá y le dio unos calmantes. Al principio andaba bien y hasta se hacía el loco. Pero después, le volvió el dolor. Esos calmantes le duran poco y nada. Ahora le dijeron que quizás haya que ponerle unas prótesis y así va a estar mejor. No sé, vamos a ver qué pasa. Ojalá resulte..."
La noche gana terreno y la concurrencia se va raleando: "Bueno, acá no pasa más nada ¿no? Me voy para otro piso. Hoy parece que va a sobrar un montón de mercadería. ¿Está viniendo poca gente no?"
La señora toma su carrito y se aleja por el pasillo. Tal vez, vuelva al día siguiente, con las mismas esperanzas de llevar algún ingreso extra al hogar. Allí la aguardará Ricardo. "Y, cómo te fue hija", querrá saber él, muy probablemente, y acaso sin resignarse a soltar la ilusión de un pronto regreso.

Don Ricardo en una foto del año pasado, cuando la dirigencia de UGAB a través de Patricio Knaudt, le obsequió una casaca del club.

abril 12, 2014

DON RICARDO CUMPLIÓ EL SUEÑO DEL PIBE

En la AFA, un entrañable repartidor de cafe y facturas, camina a diario con la sagacidad y la sabiduría de un veterano de mil batallas. Don Ricardo -tal su nombre- llegó de su Rosario natal en los tiempos en que César Luis Menotti dirigía la Selección Nacional, siendo el afamado director técnico quien hizo las gestiones necesarias para que el hombre de la foto consolidara sus tareas en el edificio de la calle Viamonte. Los viernes, Don Ricardo también suele frecuentar las reuniones de futsal. Allí, en base a su simpatía supo ganarse el cariño de los delegados, muchos de los cuales esperan con ansiedad su llegada para tomarse un cafecito o un mate cocido, y deglutir un par de facturas cuando el hambre de la media tarde comienza a hacer estragos.
Un par de viernes atrás, el querible personaje entabló una conversación, casi de rutina, con Patricio Knaudt, y casi que le rogó al representante de UGAB: "Por favor, quisiera una camiseta de ustedes, ¿me la podrías traer?". Luego, seguramente olvidó la cuestión. Por eso, fue grande su sorpresa cuando en la última reunión, el delegado sacó de una bolsa la preciada casaca y procedió a entregársela. A Don Ricardo se le dibujó una clara sonrisa, asomando su felicidad por entre esas arrugas que son testigo de una vida provechosamente vivida.
De inmediato, convocó a nuestro fotógrafo para que inmortalizara el momento, posando con la número once que vaya uno a saber a qué crack armenio perteneció. Por eso, esta foto es para vos Ricardo, ojalá la puedas ver pronto...