junio 28, 2010

Cuando las inferiores son una vergüenza


Arbitros que se confunden, padres que gritan, jugadores que exageran, técnicos que reclaman... A veces, el mundo de las inferiores se convierte en un pandemonium, y lo que tendría que ser el futsal en su estado más puro, es un desagradable cóctel que invita a huir lo más prónto posible.
Veamos lo que sucedió en un partido tomado al azar. Sin mencionar de cuál se trata, porque más allá de los nombres es un ejemplo que podría trasladarse perfectamente a cualquier escenario de nuesto futsal:
Un jugador del equipo que llamaremos A finge una falta. El árbitro, acertadamente, no “compra” y debe enfrentarse con las airadas quejas de los rivales, que le piden amarila para el que teatralizó. Instantáneamente, empieza el show de la tribuna. Desde un sector, reclaman el foul; desde el otro, gritan que se tiró. Otra jugada: alguien del equipo B comete una -ahora sí- clara infracción. Los insultos desde la tribuna no se hace esperar: un padre del equipo A hostiliza al chico infractor. En el sector vecino, recojen el guante rápidamente: “Pará, es un pibe... ¿cómo lo vas a putear?”. Vehemente respuesta: “La culpa es de ustedes, que les enseñan a sus hijos a pegar!”. Los más cautos median para que no se vayan a las manos.
El partido sigue. El árbitro se equivoca feo, siendo blanco de la intolerancia de jugadores, técnicos y hasta de los hinchas que ponían paños fríos. Un espectador tira la frase más acertada de la tarde: “La culpa no es de ellos sino de quienes los mandan a dirigir desde la octava a la cuarta sin conocer el reglamento”. Está por terminar la cuarta y ya llegó el juez de la primera. El equipo A pide minuto e intenta hacer un cambio. “¡No se puede en tiempo muerto!”, brama el entrenador del B. Su adversario, aprovecha el desconcierto del réferi para replicar: “¡Sí que se puede!”. El juez de primera pone al tanto al desorientado pasante: “No se puede”. Minutos finales. Más errores. Más insultos. Terminó. Intentos de agresión entre competidores. Varios papás entran a la cancha: “¡Vos tenés la culpa!”, le espeta uno de ellos al árbitro, con ojos fuera de órbita. Interviene la policía. Se acallan las voces. La gente se va malhumorada. En siete días volverán. ¿Será la misma historia? Nos gustaría creer que no. Lamentablemente la cruda realidad no invita a ser optimistas.

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